Cuaresma

En puertas de Cuaresma, cuando la Iglesia nos llama a la conversión y a la penitencia con la imposición de la ceniza, se nos recuerda la fragilidad de nuestra existencia y la necesidad de la contrición. Este rito, signo que rememora el mandato del Génesis “polvo eres, y al polvo volverás”, nos invita a reconocer la propia mortalidad y a volver nuestra mirada hacia la divinidad. Una cruz en la cabeza que es símbolo de dicha mortalidad y, a la vez, de la esperanza en la promesa redentora del Evangelio.

En este período propicio, somos llamados a rendir cuentas ante el Señor a través de la oración, el ayuno y la penitencia. San Antonio de Padua enseñaba que este tiempo es una oportunidad concedida por Dios para liberarse de la inercia del pecado, utilizando el ayuno como medio para purificar el cuerpo y ennoblecer el espíritu. Al privarnos de los excesos, aprendemos a valorar el tiempo como don precioso, orientándonos hacia la verdadera comunión con el Creador y dejando atrás las tentaciones. 

Responsorio del Miércoles de ceniza, “Emendemus in melius”
Enmendémonos y mejoremos en aquello en que por ignorancia hemos faltado: no sea que, sorprendidos por la muerte, busquemos el tiempo de arrepentirnos y no podamos encontrarlo.

San Juan Crisóstomo exhortaba en sus sermones a no temer al ayuno, que lejos de ser "temible", es un escudo que repele las pasiones desordenadas y los vicios que esclavizan nuestra existencia. En lugar de sucumbir a la glotonería o la embriaguez, que encadenan nuestros sentidos y apartan nuestra alma del destino celestial para la que fue creada, se nos llama a abrazar el ayuno cuaresmal como camino de liberación.

Esta senda nos invita a renunciar a la complacencia y a prepararnos para soportar las pruebas que se nos presentan como oportunidades de perfeccionamiento espiritual a lo largo de la vida. El sacrificio se torna medio de gracia; y la adversidad, bien enfrentada, revela el rostro misericordioso de Dios y ayuda a revelar la integridad de la fe auténtica.

Jonás

En el Antiguo Testamento, la historia profética de Jonás y la experiencia de Daniel y los tres jóvenes en Babilonia ilustran la eficacia del ayuno. Dios envió a Jonás a Nínive para advertir a sus habitantes de su inminente destrucción por su corrupción. El profeta intentó huir de esta misión y terminó en el vientre de un gran pez durante tres días, pero cuando finalmente obedeció y proclamó el mensaje de Dios, el pueblo entero, desde el rey hasta el último ciudadano, anunció ayuno y vistió ropas de luto con arrepentimiento sincero. En respuesta, Dios les concedió su misericordia, mostrando el poder del ayuno y la penitencia como signos de conversión genuina.

Daniel y los tres jóvenes

En el relato de Daniel y los tres jóvenes, el ayuno actuó como ese escudo contra las adversidades, protegiendo su cuerpo y elevando su espíritu ante el fuego y la amenaza de los leones. Daniel fue llevado como cautivo a Babilonia junto con tres jóvenes. Allí, en medio de una cultura extranjera, se les ofreció comida del rey, que no cumplía con las normas religiosas de su pueblo. En lugar de aceptar estos manjares, eligieron alimentarse solo con verduras y agua como una forma de mostrar fidelidad a Dios. Además de conservar su salud pese a la abstinencia, sobresalieron en sabiduría y fortaleza. Más tarde, los tres jóvenes fueron arrojados a un horno ardiente por negarse a adorar a los ídolos paganos del rey, pero Dios los protegió. Daniel enfrentó una prueba similar y fue arrojado a un foso de leones por mantenerse firme en la oración, pero salió ileso. Así, su renuncia a los privilegios de la corte, su confianza en el plan de Dios, el ayuno, la abstinencia y la oración fueron recompensados con la protección del Altísimo.

Jesucristo en el desierto

Pero la práctica del ayuno encuentra su máxima expresión en Cristo mismo, quien, antes de comenzar su ministerio, se retiró al desierto durante cuarenta días y cuarenta noches en completa abstinencia. Allí, se enfrentó y renunció a las tentaciones del maligno y mostró que es verdadero alimento del alma la obediencia por amor al Padre.

Estos ejemplos, no meros episodios del pasado, muestran cómo el ayuno nos puede llevar al bienestar en el plano espiritual y en el físico. Los antiguos maestros enseñaban que la abstinencia, lejos de privar, nutre el alma del hombre, renovando sus fuerzas y preparándolo para combatir las inevitables tentaciones y tribulaciones de la vida.

El ayuno y la penitencia son medios divinos para devolver al hombre a su estado original de libertad, apartándolo de la esclavitud del pecado y de las ataduras de los excesos mundanos. Por amor a Dios, se nos invita a renunciar voluntariamente a aquello que empaña el alma, para así restituirla a la plenitud de la gracia.

Mateo 6 : 16-21
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

Así, al abrazar el ayuno y la penitencia, nos fortalecemos en la noble contienda contra la corrupción de los placeres del mundo y de la carne. Avanzando en el sendero cuaresmal, nos preparamos con disciplina durante cuarenta días para contemplar en Pascua la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, sobre la que fundamos nuestra esperanza de que, un día, también nosotros podamos entrar por Él en nuestra verdadera patria celestial.

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