La parábola del sembrador

Salió el sembrador a sembrar su semilla y la semilla cayó en tierra desigual, produciendo frutos diversos en calidad y cantidad. Habiéndose reunido una gran muchedumbre y viendo que salían de toda la ciudad, habló en parábolas.

No olvidemos que Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, un rasgo típico de su enseñanza. Por medio de ellas, invita, pero también exige una elección radical para alcanzar el Reino. De ahí su tono enigmático:

"A vosotros se os ha concedido conocer el misterio del Reino de Dios, pero a los demás, en parábolas, para que, viendo, no vean, y oyendo, no entiendan." (Lc 8, 10)

Aquí se habla ciertamente de una cierta oscuridad buscada por el Señor, lo que ha causado perplejidad entre los comentaristas. Se han dado diversas explicaciones: desde considerarlo un castigo por la incredulidad de sus oyentes, hasta ver en este velo un estímulo para excitar la atención y provocar que pregunten. Jesús mezcla lo claro y lo oscuro para que, a través de lo entendido, alcancen lo que aún no comprenden.

Si no les interesa su mensaje, las parábolas —al igual que los milagros y la predicación— se convierten en un castigo. Vemos, pues, que todas estas interpretaciones no son opuestas, sino complementarias. Las palabras de Jesús nos muestran con toda su fuerza la responsabilidad que tiene el hombre de disponerse para aceptar y corresponder a la gracia de Dios.

Podemos meditar esta parábola desde una doble perspectiva: la semilla que se siembra y el terreno que la acoge. ¿Qué representa la semilla? ¿Qué simbolizan los diversos tipos de tierra aplicados a nuestra vida cristiana?

San Jerónimo dice que este sembrador es el Hijo de Dios, que ha venido a sembrar entre los pueblos la palabra del Padre. Dios ha hablado. Por amor, se ha revelado y entregado al hombre. De este modo, da una respuesta definitiva y sobreabundante a las cuestiones que el hombre se plantea sobre el sentido y la finalidad de su vida.

"Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por medio de los profetas; ahora, en estos días finales, nos ha hablado por medio del Hijo." (Heb 1, 1-2)

Más allá del testimonio que Dios da de sí mismo en la creación, se manifestó a nuestros primeros padres. Más tarde, eligió a Abraham y selló con él una alianza. De su descendencia formó un pueblo, al que reveló su ley por medio de Moisés y preparó con los profetas para acoger la salvación destinada a toda la humanidad.

Pero Dios se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su alianza para siempre. El Hijo es la palabra definitiva del Padre; de modo que no habrá ya otra revelación después de Él. Así también lo dice Jesús al enviar a los apóstoles:

"El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado." (Mt 10, 40)

Y esto vale también para sus sucesores. Por eso sabemos que las verdades que Dios ha revelado nos llegan por medio de la Santa Iglesia, que es infalible.

La respuesta adecuada a la revelación de Dios es la fe. Obedecer, en latín ob-audire, significa "escuchar con atención". Obedecer en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, que es la Verdad mismaLa fe es una gracia, pero también un acto humano. No es culpable el sembrador de que se pierda la mayor parte de la siembra, sino la tierra que la recibe, es decir, el alma. Porque el sembrador, al cumplir su misión, no distingue entre rico y pobre, sabio e ignorante, sino que siembra indistintamente en todos, aunque sabe lo que resultará de cada uno.

Dios cuenta con el buen uso de nuestra libertad y con nuestra respuesta personal. Espera que seamos un buen terreno que acoja su palabra y dé frutos. Lo único que nos debe importar es no ser camino, ni pedregal, ni zarzal, sino tierra buena. A su vez, si queremos y somos dóciles, el Señor está dispuesto a transformar en nosotros todo lo necesario para hacernos tierra fértil y buena. Incluso lo más profundo de nuestro corazón puede ser renovado si nos dejamos arrastrar por la gracia de Dios, que siempre es sobreabundante.

Examinemos si estamos correspondiendo a las gracias que el Señor nos está dando. ¿Practicamos el examen de conciencia? ¿Nos confesamos con frecuencia? ¿Preparamos nuestra alma para recibir las inspiraciones de Dios?

Pidamos para ello la intercesión de la Santísima Virgen María, quien acogió la Palabra de Dios en sus entrañas purísimas y la meditaba en su corazón. Ella, junto con todos los santos, fue transformada por su fidelidad a la gracia divina.

— Adaptado del sermón del Padre Carlos Barba en el domingo de Sexagésima, 23 de febrero de 2025.

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