La Transfiguración

Se transfiguró Jesús delante de ellos. ¡Qué hermosa palabra y, más hermoso aún, su significado! Siempre la Iglesia nos presenta este hecho en el segundo domingo de Cuaresma, cuando apenas estamos comenzando este camino en el desierto, un camino que debe ser de penitencia y de conversión verdadera, no de palabras.

La Iglesia nos hace contemplar lo mismo que Jesús quiso enseñárselo a los tres íntimos de los apóstoles —Pedro, Juan y nuestro Santiago—para que no nos escandalicemos ante la Pasión, porque ese Jesús que se dejará clavar en luz es Dios, tanto como ha quedado de manifiesto en la cima del Tabor, cuando su humanidad sacratísima, su cuerpo de hombre perfecto, aquel que velaba su divinidad, se ha vuelto traslúcido para transparentar rayos de la gloria.

¡Cuántos rostros sombríos vemos hoy! ¡Cuántos ceños fruncidos! ¡Cuántas miradas nubladas! ¡Cuántas vidas en oscuridad! A veces, cuando voy por la calle y observo a la gente, no solo por su manera de vestir o por su apariencia externa, sino por la expresión en sus semblantes, me pregunto: ¿Cuántos de ellos vivirán en gracia de Dios?

Y aquí está el punto. Dice San Agustín que lo que es el sol en el firmamento para los ojos del cuerpo, es Jesús para los ojos del alma. Si Él no está en ella, todo es noche, tinieblas, desesperación y tristeza. Esto es lo que se comprueba hoy en nuestro pobre mundo: si no está Jesús, falta la alegría y hasta la educación humana.

Los tres evangelistas sinópticos narran este misterio de la transfiguración. San Marcos es un evangelista que parece muy sencillo, muy breve, casi diríamos el menos importante. Por eso, cuando da un detalle, hay que tenerlo muy en cuenta. Marcos, a diferencia de Mateos y Lucas, no insiste tanto en el brillo del rostro de Jesús, sino en el blanco deslumbrante de sus vestidos. Dice él, “como no los puede blanquear lavandero sobre la tierra”.

Los Padres de la Iglesia, al interpretar este Evangelio, explican que el resplandor radiante, el brillo excelente en el rostro y en el cuerpo de Jesús, era su divinidad. Pero la blancura cegadora de sus vestidos somos nosotros, porque el vestido de Jesús son sus discípulos, los que lo rodeamos. Y en la medida en que queramos parecernos a Él y ser santos, en esa misma medida sus vestidos resplandecerán más. 

Por eso dice Marcos: “como no podría dejarlos ningún lavandero del mundo.” ¿Por qué? Porque la santidad no es obra de ningún artífice humano, ni siquiera de mí mismo. La santidad es obra del Espíritu Santo, con quien yo debo cooperar. Y entonces, si me dejo blanquear, purificar y limpiar por el Espíritu Santo, mis pecados, que son rojos como la escarlata, quedarán blancos como la lana y servirán de vestido para Jesús, con el que Él se revestirá, porque nosotros somos su herencia. Él tiene suficiente con su gloria y su divinidad, que es la misma del Padre y del Espíritu Santo. Pero ha venido a hacerse hombre para que nosotros, los hombres, tomemos parte en su divinidad y resplandezcamos con Él y en Él.

Miremos, hermanos, esta gracia de este domingo tan hermoso de la Cuaresma. También nosotros debemos transfigurarnos un poco, pero esa transfiguración debe producirse de dentro hacia fuera. Hoy el mundo es esclavo de un estúpido culto al cuerpo: la gente quiere ser eternamente joven, y se enriquecen los gimnasios y los gabinetes de cirugía plástica. Todo son trampas para hacernos creer que nunca moriremos o que podemos alargar la vida para disfrutarla indefinidamente. ¡Pero el alma no envejece! Esa es la que hay que cultivar.

Y cuando el alma está iluminada con la luz de la gloria que es Jesús, esa luz se refleja al exterior: en una mirada limpia, en una sonrisa abierta, en una palabra amable, en una mano tendida, en un perdón fácil, en una convivencia armónica y agradable. Todo esto es transfigurarse poco a poco con Jesús. ¿Cómo se logra? Estando con Él y mirándolo mucho, para poder decir, como Pedro: "Señor, qué bien se está aquí contigo." Ese no es un sentimiento que nace de salir de un sitio mundano, de una discoteca o de un simple pasatiempo. No. Ese gozo nace de haber estado con Jesús. "Qué bien se está aquí."

El alma se serena y se reviste de "hermosura y luz no usada", como dice el profeta. Pues serenemos el alma con Jesús, y con Jesús se transfigurará nuestra pobre alma de pecadora en santa. Seremos nosotros el vestido blanco de Jesús. Pidamos esta gracia a la Inmaculada Virgen María. San Juan Evangelista la vio como "la mujer vestida de sol", porque es la mujer vestida de Cristo. Que María nos enseñe también a vestirnos de Jesús y a transfigurarnos con Él y como Él.


— Adaptado del sermón del Padre Carlos Barba en el segundo domingo de Cuaresma, 16 de marzo de 2025.

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