En nadie de Israel he hallado tanta fe

Leemos en el Evangelio de este domingo dos milagros de Cristo: la curación de un leproso y la curación del criado del centurión. Después del Sermón de la Montaña, relata San Mateo numerosos milagros que no ocurrieron cronológicamente en ese momento, pues San Marcos y San Lucas los sitúan en momentos históricos distintos. Y termina este Evangelio con un resumen general:

“Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, proclamando el Evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia”.

Después de haber presentado a Cristo como legislador de la Nueva Ley en el Sermón de la Montaña, el evangelista quiere probar que Jesús es el Mesías y actuó como tal; con ello se estaban cumpliendo los anuncios de los profetas que San Mateo cita expresamente en varios lugares, en particular Isaías, para demostrar la tesis de su Evangelio: que Cristo es el Mesías prometido de Israel.

En otros pasajes aparece también la vinculación entre el reino de Dios y el poder de los milagros. Así, cuando San Juan Bautista envía a sus discípulos a preguntar a Cristo si es el Mesías, él responde remitiéndoles al significado que tienen sus milagros:

“Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio”. Y “bienaventurado el que no se escandalice de mí”.

Y ante la acusación de los fariseos, que le acusaban de expulsar demonios en virtud diabólica, el mismo Cristo les dijo: “Si yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios. Es decir, la instauración del reino mesiánico.

En uno de sus discursos, en los Hechos de los Apóstoles, San Pedro expresa eso mismo con unas palabras en las que hace un breve resumen de la vida pública de Jesucristo, insistiendo particularmente en el hecho de sus milagros: “Me refiero a Jesús de Nazaret, dice este fragmento, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él”.

En estos milagros se resalta la acción de Jesús y el anuncio del reino de Dios que ellos garantizan, no menos que la respuesta ante los mismos. En la curación del leproso destaca su fe: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. En cuanto al centurión, al servirse de la comparación con las órdenes que él mismo daba a sus subordinados, está reconociendo que Jesús actúa en la tierra con la potestad de Dios: ”Cuando diga, se hará”. Y su fe mereció el elogio de Jesús. Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: “En verdad os digo que en nadie de Israel he hallado tanta fe”.

En cambio, en otras ocasiones el Señor reprocha la falta de fe. En Nazaret no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos, y se admiraba de su falta de fe; por la necesidad de milagros para creer, dijo: “Si no veis signos ni prodigios, no creéis”.

La fe del leproso y del centurión se traduce en hechos. Como hemos visto, los milagros de Jesús guardan relación con la fe: se realizan según la fe del que cree. “Vete; que te suceda según has creído”. La fe ejemplar del oficial romano resultó vital en aquel momento: el criado se puso bien. La fe, para ser auténtica, tiene que ser efectiva, operativa, fecunda, fuente de buenas obras.

No se nos dio la fe solamente para conocer o creer, sino también para orar y poner en práctica lo que creemos. ¿De qué sirve decir “creo en Dios” si no se cumplen sus mandamientos? “Creo en Jesucristo”, si no procuramos estar cada día más unidos a Él y recibir piadosamente la Eucaristía. “Creo en el cielo y en el infierno”, si no hacemos por evitar este y merecer aquel. “Creo en el perdón de los pecados”, si no recibimos con la frecuencia necesaria el sacramento de la penitencia.

Naturalmente, esto no significa que el conocimiento de las verdades de fe no tenga un valor por sí mismo; sino que, como es sabido, lo que salva es la fe moldeada por la caridad. Recordemos lo que dice San Pío X al respecto de la relación entre el conocimiento de las verdades de la fe y el comportamiento moral. Afirma:

“Lejos estamos de afirmar que la malicia del alma y la corrupción de las costumbres no puedan coexistir con el conocimiento de la religión. Pluguiese a Dios que la experiencia no lo demostrara con tanta frecuencia. Pero entendemos que, cuando al espíritu envuelven las espesas tinieblas de la ignorancia, ni la voluntad puede ser recta, ni sanas las costumbres. El que camina con los ojos abiertos, podrá apartarse, no se niega, de la recta y segura senda; pero el ciego está en peligro cierto de perderse. Además, cuando no está enteramente apagada la antorcha de la fe, todavía queda esperanza de que se enmiende la corrupción de costumbres; mas cuando a la depravación se junta la ignorancia de la fe, ya no queda lugar a remedio, sino abierto el camino de la ruina.”
Encíclica “Acerbo Nimis”, 1905.

Por eso, en la tercera petición del Padre Nuestro, “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, pedimos la gracia de hacer en toda cosa la voluntad de Dios, obedeciendo sus santos mandamientos con la misma prontitud y diligencia con que los ángeles y los santos le obedecen en el cielo. Pedimos además la gracia de corresponder a las divinas inspiraciones y de vivir conformes con la voluntad de Dios en todas las circunstancias.

Digamos, como los apóstoles, “Señor, auméntanos la fe”, y cuidemos de guardar intacto el don precioso que nos abre las puertas del cielo. Para ello podemos fijarnos en Nuestra Señora, la Virgen María, que vivió toda su existencia movida por la fe; y, como todas las gracias nos vienen por su mano, ya que ella es intercesora y medianera de todas las gracias, a ella también le pedimos que nos aumente la fe para que podamos contemplarte en el cielo lo que hemos acogido y vivido mientras estamos en la tierra.

— Adaptado del sermón del Padre Carlos Barba en el tercer domingo después de Epifanía, 25 de enero de 2026.

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