No os engañéis a vosotros mismos

Este quinto domingo después después de Pascua, en lugar de comentar el Evangelio, como suele ser habitual, o alguna de las oraciones litúrgicas, me voy a centrar en la Epístola de Santiago.

Dice: “Estóte factóres verbi, et non auditóres tantum: falléntes vosmet ipsos.

“Llevad a la práctica la Palabra. Y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos.”

No queráis regalar sólo vuestros oídos, halagando vuestra sensibilidad o aumentando el depósito de vuestra memoria, acrecentando conocimientos. No seáis solamente auditores, oyentes, aparentes de prometidos. Eso es un engaño. Sino obrad lo que oís.

Porque, ¿qué le sucede —sigue diciendo, con una comparación muy importante Santiago— al que oye y no hace, al que escucha y no pone por obra? Es como el que se mira en un espejo y, una vez que se ha visto, no bien se ha dado la vuelta, se olvida de su propio rostro.

Esto pudiera sucedernos. No es difícil. Es tal y como describe el proceso de la Epístola: al momento nos hemos olvidado, como si nos resbalase.

¿Y qué quiere decir mirarse al espejo y olvidarse del propio rostro? Enfrentarse con aquellos aspectos de nuestra personalidad o perfil espiritual que debemos cambiar, y ser ese pensamiento o propósito una realidad que rápidamente se disipa, que prontamente olvidamos: en la oración, en el examen de conciencia, en la lectura, en unos ejercicios, en una conversación con el superior.

Lo que hacemos es observar nuestros rasgos: “Pero es posible que me hayan salido estas arrugas, que se me hayan debilitado las pestañas, que se me hayan formado bolsas en los ojos, ensuciado la mirada…” Y después no poner remedio.

Frente a esto, ¿qué tengo que hacer? ¿Sonreír más? No. Nos olvidamos cuando nos damos la vuelta. Y frente a esto dice Santiago: “El que realiza la ley perfecta”… ¿Y esta cuál es? Lo dice él mismo: la de la libertad. Si uno permanece en ella, no como un oyente olvidadizo, sino como quien la pone en práctica, éste es feliz. Esta es la felicidad en cuanto es posible en esta tierra según el Apóstol: la ley perfecta de la libertad interior.

Y añade todavía: “El que cree que es religioso…”. Claro, dice “religioso” Santiago en el sentido de piadoso, de cumplidor de la ley de Dios, de persona orante. Pero hoy en día empleamos la palabra religioso para definir a aquél que, por la virtud de la religión, da su vida con los tres votos. Entonces, nada de su existencia está sacado fuera del culto divino: su trabajo, su descanso, su silencio y sus palabras; todo lo que hace está consagrado a Dios.

Pues bien, quien se reputa a sí mismo por religioso y no refrena su lengua, dice muy agudamente el apóstol “seduce su propio corazón”; o sea, lo engaña, lo envuelve con su culto propio y hace ver lo bueno malo y al revés. Para faltar constantemente al silencio, de ese tal su religión es vana.

Por tanto, ¿dónde está el secreto, según Santiago? En vivir en la libertad, en la verdad y en el silencio de quien no seduce su corazón.

Y hablamos de la epístola según Santiago; pero en realidad tendríamos que decir según el Espíritu Santo, que es el autor principal de las Sagradas Escrituras, aunque los autores secundarios sean Sus instrumentos. Y ésta es la palabra que nos dice hoy el Espíritu Santo: No os engañéis a vosotros mismos conformándoos con escuchar. Poned por obra lo que oís. Y si eso exige un trabajo serio de conversión, adelante, porque os conducirá a la libertad y, por lo tanto, a la felicidad.

No nos engañemos a nosotros mismos. No nos creamos religiosos sin serlo, contemplativos sin actuar como tales, sin silencio, sin vida interior, recogimiento, profundidad, búsqueda de lo esencial. No sólo es que no habrá felicidad, sino que no habrá más que el vacío de una nada hecha de atontamientos y frivolidades superficiales.

Escuchemos de manera que nos cale, dentro de la medida de nuestra torpeza y condición pecadora, siempre con un tanto consciente, un poco limitado; pero esforcémonos en poner por obra la palabra de Dios. Miremos a María, la primera y mejor oyente y practicante de la palabra: “Hágase en mí según tu palabra”. ¡Hágase!

Este fiat lo necesitamos. Querámoslo, que nos sirva de verdad y produzca frutos de vida eterna.

— Adaptado del sermón del Padre Carlos Barba en el quinto domingo después de Pascua, 10 de mayo de 2026.

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