Surrexit Dominus vere!

La paz del Resucitado y la fe de los que no han visto

El Evangelio que acabamos de proclamar es como la vibración de un campanazo que dura toda la semana. Toda esta semana hemos estado viviendo el mismo domingo: el domingo de los domingos, el padre de todos los domingos.

Esta vivencia semanal de un domingo sólo ocurre el día de Navidad. El día de Navidad, después de unas semanas, estamos celebrando la octava de Navidad. Pero, como digo, éste, el de Pascua, es el primer domingo. Así lo dice la Escritura del Evangelio al principio: “el primer día de la semana se apareció Jesús”, dando ya constancia de que era el nuevo día para los cristianos.

Los cristianos empezamos la semana el domingo, que es el día del Señor, como eco de esta enseñanza evangélica.

El Señor se presenta a sus discípulos y les saluda con la paz. La primera vez —tres a lo largo de todo el texto evangélico, pero en esta primera e importante aparición, dos veces— saluda con la paz. No hay reproches. El Señor no se presenta para decirles: “¿Y Pedro, que no me negarías? ¿Y vosotros, dónde os metisteis? ¿Y dónde estabais? ¿Y qué pasó con todas las promesas y todo el amor que me decíais que me teníais?”. Nada. Ningún reproche.

Después del saludo, como que si Señor entrara en una casa que no es la suya, muestra su seña de identidad, que no es otra que sus llagas: las llagas de la Pasión, las manos, el costado. Sus heridas gloriosas presentes todavía en Él Resucitado. Es el Cordero del Apocalipsis: el cordero degollado, pero ahora puesto en pie.

El Señor muestra sus llagas para enseñarnos que Él no nos ha amado de broma y que le hemos costado la Pasión.

Cuando finalizamos la Santa Misa, el sacerdote dice: “Ite, missa est”. Esto de “mittere”, este verbo, es enviar. Ahora sois enviados. Es decir, la misa no empieza, por ejemplo, a las doce y media; sino que la “misa”, en cierto modo, empieza cuando termina. Durante la misa tenemos que aprender a ser católicos durante toda la semana y comportarnos como tales, y alimentarnos con lo que hemos recibido: tanto en la Sagrada Escritura como en la Eucaristía. Ese Alimento Celestial debe nutrirnos para que durante toda la semana seamos testigos de Cristo, que es lo que hace Él después de su saludo y de decir: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”.

Se cierra el círculo: el Padre a Cristo, y Cristo a nosotros, que tenemos que dar testimonio del Resucitado en el mundo.

Después de esta primera parte de saludos y reencuentros, el Señor da el primer regalo para los sacerdotes. El Crucificado y Resucitado trae regalos. Y el primero es para los sacerdotes: les da el poder de atar y desatar, el poder de perdonar pecados.

Es una consecuencia lógica de los regalos que ya hizo el Jueves Santo. El Jueves Santo, el Señor, para quedarse con nosotros hasta el fin de los tiempos, instituyó la Eucaristía. Para confeccionar la Eucaristía, instituyó el nuevo sacerdocio. Pero ahora faltaba completar. ¿Qué faltaba? El perdón de los pecados, también conferido a los sacerdotes, que es lo único que puede hacer exclusivamente el sacerdote: celebrar la Eucaristía y perdonar los pecados.

Lo demás lo puede hacer otro: el despacho, los cantos, la catequesis, etc. Pero sólo celebrar la Santa Misa y perdonar los pecados: el sacerdote. Estos regalos recibidos de Jesús.

“Extra Ecclesiam nulla salus”. fuera de la Iglesia no hay salvación. Tomás no vio al Señor en este primer encuentro, porque no estaba con la Iglesia, porque no estaba con los discípulos. Pero Jesús vuelve, porque ya se perdió el que se tenía que haber perdido, pero nadie más. Jesús no va a consentir que se pierda nadie más.

Por eso vuelve. Vuelve a Tomás, que incrédulo había dicho que, si no veía eso, el carnet de identidad, no creía. Si no veía las llagas en sus manos, en sus pies, en su costado; si no metía el dedo en el costado, no iba a creer. Vuelve, vuelve.

Pues el Señor se abaja, el Señor se abaja y vuelve, y se presenta a Tomás y le dice: “Ven, pon tu mano en mi costado, tus dedos en mis llagas, en las llagas de mis manos”. Y en esta ocasión Tomás cree y Tomás ve. ¿Por qué? Porque está con la comunidad, porque está con la Iglesia, porque no estamos destinados a salvarnos solos.

Y en esa gran efusión que provoca la presencia del Resucitado, recibimos dos regalos más: abundancia sobre abundancia. Primero, esa frase que ha perdurado en la Iglesia, pronunciada por Tomás: “Señor mío y Dios mío”, y que repetimos cada vez que vemos alzarse al Señor glorioso y sacramentado en la Santa Misa.

Y el último de los regalos, no menos importante, unas palabras de aliento y confirmación para nosotros, en tono de reproche para Tomás, pero de aliento para nosotros. Dice Jesús: “Dichosos los que no han visto y han creído”. Estos somos nosotros, que el Señor con esto enumera la novena bienaventuranza: dichosos los que, sin haber visto, han creído. Somos nosotros, que después de dos mil años aquí estamos profesando esa fe, la fe en la resurrección.


— Adaptado del sermón del Padre Carlos Barba en la Octava de Pascua, domingo in albis, 12 de abril de 2026.

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