El amor fraterno

Es sumamente alentoso, conociendo nuestra condición humana (tan egoísta, tan envidiosa, tan sensual, tan inclinada al mal), lo que hemos pedido en la oración colecta: que amemos siempre en todo y sobre todo.

Pero hemos pedido este amor en dirección ascendente, en el sentido del primer mandamiento de la Ley de Dios: amar a Dios sobre todas las cosas. Y, cuando soñamos con este objetivo y lo anhelamos con toda la fuerza del corazón humano, hay que tener cuidado con un peligro: pensar que amamos mucho a Dios porque no amamos a nadie.

Cuidado con los narcisismos y los encasillamientos espirituales, porque no merecen el nombre de espirituales. Cuidado con las ensoñaciones misticoides fantásticas.

Nuestro amor a Dios está, como todo en nuestra vida debe estarlo, gobernado por la misma ley a la que el mismo Dios ha querido someterse: la ley de la Encarnación. O sea, que es un amor que ha de ser vivido en forma de cruz: en sentido vertical, disparados hacia arriba; y en sentido horizontal, tendiendo los brazos al hermano.

Entonces ese amor será auténtico cuando se ama hasta que duela. Si no duele, no es amor.

Seamos sinceros: a veces duele. Duele rehacer un poco el corazón; duele no devolver mal por mal; duele no devolver maldición por maldición; y duele bendecir a los que nos ofenden. ¿Por qué duele? Porque no es el primer movimiento que naturalmente brota de nuestros afectos. Lo que brota espontáneamente es moverse según nuestra voluntad egoísta. Pero es lo que nos pide el Espíritu Santo por medio de san Pedro:

“Sed todos de un mismo sentir, compasivos, fraternos, misericordiosos, humildes”.

Esto es el verdadero amor.

Lo otro es salirnos por la tangente, autocomplacernos con el cumplimiento de ciertas devociones, de practicillas piadosas, mientras nuestro corazón se endurece cada vez más; o mientras nos dedicamos a establecer barreras, a fomentar hostilidades o a huir de la distancia corta. Esto no es amor.

Santa Teresa de Jesús recomienda a sus monjas, para la buena convivencia, tres cosas: amor unas con otras, desasimiento de todo lo creado y humildad verdadera. Caridad fraterna, desprecio del mundo y humildad de corazón. Estas son para ella las tres virtudes prácticas, porque son las virtudes fundamentales del Evangelio y, por lo tanto, las que nos enseña el Corazón de Jesús. Sólo estas tres cosas.

No hay otro camino. No es caridad fraterna cuando nos servimos del otro para nuestro propio beneficio.

Leemos en el Evangelio:

“Si al tiempo de presentar tu ofrenda ante el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda, ve a reconciliarte con tu hermano y después vuelve a presentar tu ofrenda”.

¿Cómo está nuestro corazón? ¿Es de veras libre de rencorcillos, de envidiejas, de esos pecados tan repugnantes que necesitamos ponerles un subtítulo que los convierta en un diminutivo un poco más edulcorado? ¿Está nuestro corazón libre de todo eso?

¿Estamos dispuestos, lo mismo que con Dios, a amarle siempre y sobre todas las cosas, y a amar al prójimo siempre, sea quien sea?

Hay un peligro en la selectividad en el amor. No ames a uno más que a otro, porque erras. Porque es digno de más amor aquel que Dios ama más, y no sabes tú a quién ama Dios más.

Nosotros nos dejamos llevar por la naturaleza: esta persona es más ocurrente, más hermosa, más inteligente, más simpática... y a aquella otra, que me resulta pesada o es una carga, la voy dejando de lado. Quizá aquella otra, menos apreciada a los ojos del mundo, es la preferida a los ojos de Dios.

Por tanto, amemos a todos y estaremos cumpliendo la Ley entera y los Profetas: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. En este orden: amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos.

Ante el bien material propio y el ajeno, el preferido es el ajeno. Ante el bien material propio y el bien espiritual ajeno, el preferido es el segundo. Ahora bien, entre el bien espiritual propio y el ajeno, está antes el propio. He de cuidar primero la salvación de mi alma.

Y en ese sentido nos dice nuestro Señor: ”Amarás al prójimo como a ti mismo”. Porque el amor a uno mismo consiste en ponerme en camino de salvación, procurar mi cielo, que es lo único que verdaderamente me interesa en este mundo.

El amor al prójimo deberá traducirse en el apostolado, en acercar a Dios a aquellos que amo, porque les amo como a mí mismo y quiero para ellos el cielo como lo quiero para mí. Esta es la verdadera caridad fraterna.

Y si venimos al altar y no la practicamos, vayamos primero a reconciliarnos con nuestros hermanos, a ayudarles, a perdonarles; o, si ellos se han alejado, a perdonar por ellos, o al menos a sonreírles.

Pidamos hoy a Santa María, Madre del Amor Hermoso, que nos aumente esa virtud que es la reina de todas y la que da vida a todas: la caridad. Para que nuestro Señor, al abrirnos un día las puertas del cielo, pueda decirnos, a pesar de nuestra indignidad y de nuestro pecado:“Venid vosotros, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os tengo preparado”.


— Adaptado del sermón del Padre Carlos Barba en el quinto domingo después de Pentecostés, 28 de junio de 2026.


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