Haceos amigos para las moradas eternas

Solo de Dios somos deudores. Somos hijos de Dios y marchamos —o, mejor dicho, tendríamos que marchar— según el Espíritu de Dios.

Porque somos hijos de Dios, queremos seguir los senderos que nos han marcado todos los hijos de Dios que nos han precedido: los senderos de la oración, de las obras de misericordia, del sacrificio, del amor a la cruz, de la entrega de uno mismo y de la adoración de Dios nuestro Señor, de la manera más perfecta que nosotros podamos alcanzar.

Todo ello culmina en el santo sacrificio de la Misa, en el que han encontrado su lex orandi y, por lo tanto, su lex credendi, todas las generaciones de santos que nos han precedido en la Iglesia.

Por tanto, viviremos si, con el Espíritu, hacemos morir las obras de la carne, porque ese Espíritu nos liberará, nos sostendrá, nos orientará y nos alejará de aquello que pretende apoderarse de nosotros: esa pasión negra e infecunda de la tristeza. Aunque sean negros los nubarrones que se ciernen en el horizonte, puede suceder que nos atenace el pesimismo o el abatimiento de ánimo.

Porque se repite, a lo largo de los siglos, lo que nos recuerda la parábola que hoy la Iglesia nos propone: esa enseñanza de Jesús tan difícil de desentrañar, incluso para algunos Padres de la Iglesia.

No es que aquel administrador fuese infiel. Hay que leer con atención el santo Evangelio. Había un hombre rico que tenía un administrador, y este fue denunciado ante su señor. Entonces el amo lo llamó y, según un método, por desgracia, muy habitual y tremendamente injusto, ni siquiera lo escuchó: lo condenó directamente. Se fio de lo que le habían dicho.

«¿Qué es eso que oigo de ti? Dame cuenta de tu administración; porque ya no podrás seguir administrando».

Pero, en realidad, ya estaba despedido. No le había escuchado. No dejó al pobre hombre hablar en su descargo. Quizá estaba llevando bien las cuentas de su señor, pero se cometió una injusticia: no se escuchó a ambas partes y, en este caso, la parte más débil fue el administrador.

Quedó despedido. Pero, como era un hombre prudente, no se turbó. Acudió a un recurso que constituye el punto de más difícil hermenéutica de este Evangelio.

Comenzamos por reconocer que resulta difícil entender eso de ganarse amigos con el dinero injusto. Jesús nos presenta al administrador llamando a unos y otros de los deudores de su señor y haciéndoles modificar sus respectivos recibos, rebajando la cantidad de aceite o de trigo que debían. También resulta sorprendente que el mismo señor que lo había despedido alabara su proceder.

Lo que sí sabemos es la enseñanza que Jesús extrae de todo ello:

«Ganaos amigos con el dinero de la injusticia, para que, cuando este falte, os reciban en las moradas eternas».

¿Y esto qué significa?

Significa, en primer lugar, que cuando nos parezca ser víctimas de maquinaciones o de injusticias, tenemos que pedir al Espíritu Santo el don de la paz, el equilibrio interior que no se turba más que por la posibilidad de ofender a Dios.

Y, en segundo lugar, dedicarnos a hacernos amigos de una manera prudente, sabia y sobrenatural.

Eso es lo que hacemos nosotros cada domingo cuando celebramos la Santa Misa: invocamos a todos los santos, cuando una y otra vez pedimos perdón, cuando repetimos los quereres, cuando enumeramos antes de la consagración a esos 24 moradores del paraíso que representan los 24 ancianos del Apocalipsis, que están arrojando sus coronas ante el trono de Cordero. Ahí nos estamos haciendo amigos, aunque no merezcamos que nos admitan en el sepulcro de los apóstoles y los mártires, encabezados por San José y por María Santísima, Regina sanctorum omnium.

Nos hacemos amigos en el cielo para que, si nos falla todo —y sucede tantas veces en la tierra—, no nos derrumbemos. Porque lo único que nos interesa es que un día nos admitan en las moradas eternas, aunque en esta tierra llegáramos incluso a quedarnos sin casa o sin lugares donde encontrarnos.

Hacerse amigos en el cielo para el cielo es la sabiduría de un católico que se inserta en la secular tradición del catolicismo, que tiene un mismo denominador común, un elemento causal.

Por eso debemos sentirnos forasteros en cualquier país que no sea la patria del cielo. Y, cuando nuestra morada no esté aquí, confiar en que, si permanecemos —a pesar de nuestros pecados— bajo la misericordia que brota del Corazón del Crucificado, entonces, aunque parezca que todo va mal, como sucedió aquel primer Viernes Santo, en realidad todo va bien.

No caigamos en un espíritu de debilidad, sino en el espíritu de la gloriosa libertad de los hijos de Dios: hijos que obedecen filialmente a quienes, en la Iglesia, tienen la autoridad; hijos que, al mismo tiempo, se complacen en cumplir la voluntad de Dios, voluntad que nadie puede alterar ni interpretar arbitrariamente.

Por tanto, sigamos caminando con serenidad cada día. Pongamos los ojos en ese cerco luminoso, en ese camino lleno de espinas y, al mismo tiempo, de rosas, que antes que nosotros recorrieron nuestros padres y nuestros abuelos, acudiendo cada domingo a la Santa Misa.

Y ahora, de la mano de María, sigamos caminando felices, ofreciendo a Dios, al menos virtualmente, nuestro martirio, que si no es “nuestro”, deseamos que sea el martirio gozoso y sonriente del propio corazón.

Todo con alegría, con tal de no ser nunca forasteros del cielo, hacia el cual caminamos, llevándonos amigos allí para que un día nos reciban en las moradas eternas.

— Adaptado del sermón del Padre Carlos Barba en el VIII domingo después de Pentecostés, 19 de julio de 2025.

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